Cuando paseo por la colonia en Guate, los carros pasan a mi lado despacio, y sus cristales casi siempre oscuros me devuelven el reflejo de una gringa blanquita de rizos. Los carros de lunas tintadas se me antojan como animales amenazadores e imprevisibles, guiados bien por el instinto de protección, bien por intenciones tan oscuras como los propios cristales. Por la noche, sin embargo, oigo a menudo desde casa sus inquietantes gritos de alarma, cuando son ellos los que se ven amenazados…





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